Se dice que el viaje más largo comienza con el primer paso. Y una vez emprendido, como Ulises, se vuelve Dios sabe cuándo. Aquí: los pasos del hombre, el arte, la arqueología, la mirada, la ciencia y las sorpresas de la investigación.
Grupo Mariano Digital
jueves, 7 de octubre de 2010
Viaje a Galicia con humor y con amor
En mi blog personal de Memorias y Confusiones
he escrito con mucho amor y un poco de humor unas reflexiones sobre mi última incursión de Galicia.
Ignoro si puede gustar o servir de ayuda a alguien.
He puesto el tema en tres breves entregas:
Un fenicio en Galicia
Un fenicio en Galicia (2)
Un fenicio en Galicia (3)
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martes, 5 de octubre de 2010
Copán Ruinas, en Honduras
En el occidente de Honduras, a 14 kilómetros de Guatemala, Copán Ruinas es una de esas villas armoniosas de calles empedradas, casas de adobe y techos de teja enmarcado en una explosión de verdes intensos. Desde hace años, miles de turistas encuentran en este pueblo, entre las mastodónticas montañas de Honduras, un oasis de cultura antigua y naturaleza soberbia.
Ianire Molero, Ocholeguas, El Mundo
Muchos lo consideran el 'París del mundo Maya en Centroamérica' por la majestuosidad de sus vestigios arqueológicos, albergados a un kilómetro del centro, y nombrados por la UNESCO Patrimonio Arqueológico de la Humanidad en 1980. La explosión de verdes intensos y las hojas de plátano envuelven como una capa salvaje la mirada calma de los viajeros, que descansan en alguno de los cafés de madera que salpican con elegancia la villa, en armonía con los edificios de adobe, teñidos con cal de colores y cubiertos por teja roja.
Emanan de Copán pruebas constantes de que estamos lejos de la bulliciosa capital hondureña. Los locales se cruzan con los forasteros e intercambian frases como si fueran vecinos. O como si una vez pisada Copán Ruinas, ya fuera imposible escapar de esa energía de antigua civilización ancestral que pulveriza el pueblo a unos metros de distancia.
Es imposible escapar de la energía que emana de las ruinas de esta civilización ancestral a sólo unos metros de Copán pueblo
También de la plática perenne de sus nativos, que organizan coloquios bajo sus sombreros de junco, los tradicionales de los campesinos hondureños. Sus charlas se mezclan con la vocería del mercado, coloreado con un naranja claro que recuerda al salmón de las ciudades coloniales centroamericanas.
Ancestros en modernidad
Sin embargo, Copán Ruinas, fundado como municipio en 1893, no guarda una herencia sólida de la conquista española. Tampoco sus edificios, construidos durante la primera década del siglo XX. Este territorio no fue un centro de la colonia, que prefirió asentarse en ciudades cercanas como Santa Rosa de Copán, capital del valle, o Antigua, en Guatemala. Por eso, algunas de sus edificaciones principales, como la Iglesia o el Museo de Arqueología, ubicado en la Plaza, no guardan un fuerte legado hispánico.A pie o en moto taxi, miles de visitantes llegan a esta fuente de información única para el amante de lo precolombino
«Parece que en ningún tiempo pudo haber, en tan bárbaro ingenio como tienen los naturales de aquella provincia, edificios de tanta arte y sintuosidad. Es la ribera de un hermoso río y hay montes que parecen haber sido hechos a mano». Fueron las palabras escritas de Diego de Palacios, un inspector de la Corte de España, que en 1576 envió una carta al rey Felipe II para anunciar su tropiezo con los vestigios.
El Parque Arqueológico
Al entrar al parque, en uno de los senderos, aletean mariposas que reencarnan a los guerreros mayas, dicen. Las ruinas de la ciudad se organizan en torno al grupo principal, con la Acrópolis y la Gran Plaza, y dos áreas residenciales, el Bosque y las Sepulturas. En el centro de la Acrópolis está el Templo 16, el monumento más alto de Copán, dedicado a los sacrificios y a la guerra. También a la veneración de los reyes mayas que protagonizaron la secuencia dinástica de la ciudad, iniciada por K´inich Yax K´uk´ Mo´, en 426 d. C. Al sur está el que muchos consideran el monumento más importante, la Escalinata Jeroglífica, por su texto de símbolos que describe la historia de la ciudad.De regreso al pueblo, si aún no ha anochecido, el viajero puede aprovechar alguno de los senderos montañosos del valle de Copán y pasear a caballo. Puede llegar hasta la Hacienda de San Lucas y pasar allí la noche, un refugio familiar anclado en la montaña y un imprescindible para los holgados de tiempo. Ha sido restaurada recientemente como lo hacían los mayas, con adobe hecho a mano y secado al sol. Se puede, además, disfrutar de una cocina tradicional y visitar cafetales, ruinas más allá del parque o aldeas aledañas que reviven la tradición maya chortí.
martes, 28 de septiembre de 2010
Oporto y el bacalao
Oporto, por Mónica Fernández-Aceytuno
Nunca había visto tanta gente en Oporto.
Ignoro si es que el domingo era un día feriado, o había más de una boda, porque varias novias posaban para los fotógrafos a la orilla del Duero, que brillaba como los ojos del cormorán, que son de un verde esmeralda, a la luz del mediodía.
En este puerto, se diría que el sol también está amarrado como otra embarcación a un noray, porque su orientación al oeste, hace que se quede allí hasta la última hora del día y es difícil tener los ojos abiertos, de la cantidad de luz que viene del cielo y que se refleja en el río. Todos los balcones que dan a esta orilla, están llenos de ropa tendida, y si bien esto en cualquier otra ciudad daría una imagen terrible, en el puerto fluvial de Oporto queda de maravilla, ver las sábanas volando como trapos de la flota bacaladera en Terranova. La Flota Blanca, le llamaban a estos veleros que faenaban tan lejos y en aguas tan frías.
Poco sé yo de esta pesquería, pero hay un algo que me dice cada vez que pruebo el bacalao en Portugal, que sería imposible cocinarlo de esa manera tan acertada si no hubiera una historia fascinante alrededor de su pesca. Dicen que había un buque hospital, al que llamaban el ángel de la guarda, que iba navegando hasta donde estaban los marineros, para atenderlos de las muchas dolencias que suponía la campaña en aguas tan lejanas y tan frías, y que iba el barco hospital cargado de sal, y volvía a Portugal lleno de bacalao seco y salado.
Es un pescado que jamás me gustó cuando se cocinaba en casa, como si, aún estando en salazón, la lejanía del mar le sentara mal al plato. Pero al probarlo en Portugal, cambió la cosa. No hace mucho lo comí cerca de Valença, en un restaurante apartado, no recuerdo ahora el nombre, donde todo eran mesas alargadas en las que se sentaba mucha gente, y solo daban bacalao a la brasa con patatas. Pocos platos he probado mejores en mi vida. La piel del bacalao, que puede ser rojiza o pardusca según las algas de la zona; o gris, si el bacalao vive en fondos profundos de arena; o verdosa si vive con las hierbas marinas, se presentaba con el crujido que deja el fuego a su paso en las cosas; y luego aparecía la carne del bacalao, abriéndose en capítulos como un libro en blanco.
Pruebas el bacalao en Oporto y aún está allí todo el mérito de aquellos que se iban meses a pasar frío, nostalgia y penurias, mientras en tierra se volvían maestros al cocinarlo para que, tanto esfuerzo, mereciera la pena.
República de las Ideas
Nunca había visto tanta gente en Oporto.
Ignoro si es que el domingo era un día feriado, o había más de una boda, porque varias novias posaban para los fotógrafos a la orilla del Duero, que brillaba como los ojos del cormorán, que son de un verde esmeralda, a la luz del mediodía.
En este puerto, se diría que el sol también está amarrado como otra embarcación a un noray, porque su orientación al oeste, hace que se quede allí hasta la última hora del día y es difícil tener los ojos abiertos, de la cantidad de luz que viene del cielo y que se refleja en el río. Todos los balcones que dan a esta orilla, están llenos de ropa tendida, y si bien esto en cualquier otra ciudad daría una imagen terrible, en el puerto fluvial de Oporto queda de maravilla, ver las sábanas volando como trapos de la flota bacaladera en Terranova. La Flota Blanca, le llamaban a estos veleros que faenaban tan lejos y en aguas tan frías.
Poco sé yo de esta pesquería, pero hay un algo que me dice cada vez que pruebo el bacalao en Portugal, que sería imposible cocinarlo de esa manera tan acertada si no hubiera una historia fascinante alrededor de su pesca. Dicen que había un buque hospital, al que llamaban el ángel de la guarda, que iba navegando hasta donde estaban los marineros, para atenderlos de las muchas dolencias que suponía la campaña en aguas tan lejanas y tan frías, y que iba el barco hospital cargado de sal, y volvía a Portugal lleno de bacalao seco y salado.
Es un pescado que jamás me gustó cuando se cocinaba en casa, como si, aún estando en salazón, la lejanía del mar le sentara mal al plato. Pero al probarlo en Portugal, cambió la cosa. No hace mucho lo comí cerca de Valença, en un restaurante apartado, no recuerdo ahora el nombre, donde todo eran mesas alargadas en las que se sentaba mucha gente, y solo daban bacalao a la brasa con patatas. Pocos platos he probado mejores en mi vida. La piel del bacalao, que puede ser rojiza o pardusca según las algas de la zona; o gris, si el bacalao vive en fondos profundos de arena; o verdosa si vive con las hierbas marinas, se presentaba con el crujido que deja el fuego a su paso en las cosas; y luego aparecía la carne del bacalao, abriéndose en capítulos como un libro en blanco.
Pruebas el bacalao en Oporto y aún está allí todo el mérito de aquellos que se iban meses a pasar frío, nostalgia y penurias, mientras en tierra se volvían maestros al cocinarlo para que, tanto esfuerzo, mereciera la pena.
República de las Ideas
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domingo, 26 de septiembre de 2010
Destellos mágicos de la naturaleza
Si te gusta la fotografía lo comprenderás enseguida. Son momentos mágicos que apenas duran unos segundos, siemples destellos. La sorpresa sólo es accesible para los ojos atentos y los espíritus sensibles.
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naturaleza
sábado, 25 de septiembre de 2010
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